El Presidente deseaba tener el apoyo del Board durante marzo, pero su agenda exterior y la crisis interna traban las negociaciones finales con el Fondo
Por Román Lejtman
Alberto Fernández cerró el entendimiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI) convencido de haber superado en enero una apocalíptica instancia de default. Pero su viaje a China y la inesperada jugada política de Máximo Kirchner pusieron a la Argentina en un nuevo Día de la Marmota: es poco probable que el board apruebe el programa en marzo, y si ello sucede no habrá reservas en el Banco Central para pagar -ese mes- los vencimientos de capital y la deuda pendiente al Club de París.
China es el enemigo global de Estados Unidos. Xi Jinping tiene un plan estratégico para colocar a Beijing por encima de Washington, y la Ruta de la Seda es el sofisticado dispositivo diplomático -soft power- que diseñó el líder comunista para facilitar ese preciso objetivo geopolítico.
Junto a la Ruta de la Seda que ya sumó a 145 países, China posee un aparato tecnológico y militar que protege su seguridad nacional y busca las debilidades de sus enemigos globales para avanzar en su proyecto de ser potencia mundial sin caer en la Trampa de Tucídides.
Ese aparato tecnológico tiene su nave insignia: se llama Huawei.
Alberto Fernández visitó China, firmó la incorporación de Argentina a la Ruta de la Seda, y antes de volar a Barbados -previa escala en Madrid-, almorzó en Huawei con su CEO Ren Zhengfei.
Alberto Fernández logró el entendimiento con el FMI por las gestiones que hizo en la Casa Blanca junto a Sergio Massa (titular de Diputados), Juan Luis Manzur (jefe de Gabinete), Santiago Cafiero (canciller), Martín Guzmán (ministro de Economía), Gustavo Beliz (secretario de Asuntos Estratégicos) y Jorge Arguello (embajador en Washington).
Guzmán había llegado a una instancia de negociación que necesitaba de una decisión política para coronar el entendimiento. Se había trabado en la Secretaria del Tesoro, y el Presidente -con sus aliados en el Gobierno- jugó fuerte para salir del pantano y evitar el default en enero.
Joseph Biden escuchó a Jake Sullivan (director del Consejo de Seguridad Nacional), Juan González (consejero de Seguridad Nacional para América Latina) y Antony Blinken (secretario de Estado) antes de facilitar la posición de la Argentina en el FMI.
Sullivan, González y Blinken aseguraron al presidente de Estados Unidos que Alberto Fernández mantendría la equidistancia diplomática con Rusia y China y que no haría nada a favor de la expansión de Huawei en el país. Le fallaron a Biden: en Moscú y Beijing, el jefe de Estado hizo lo contrario.
La información que Sullivan, González y Blinken aportaron a Biden no se basó en escuchas satelitales o dudosos chismes que fueron recogidos en los salones diplomáticos de Buenos Aires y DC. Los tres funcionarios dialogaron con Alberto Fernández, Massa, Cafiero, Beliz y Arguello, tanto en la Argentina como en Estados Unidos.
Y en todos los casos, almuerzos en la quinta de Olivos, asados en el quincho de Massa, cenas en la embajada argentina, bilaterales en el Departamento de Estado, cónclaves en el Ala Oeste de la Casa Blanca, o chateos a la medianoche en Washington, siempre se transmitió la misma información reservada: desde Balcarce 50 sólo se harían gestos diplomáticos sin peso estratégico con Rusia y China, y no habría nada que facilite la expansión de Huawei en la Argentina.
La obvia contradicción entre lo comentado a los asesores de Biden y los hechos protagonizados por Alberto Fernández no implicaría la caída del entendimiento por una decisión unilateral de la Casa Blanca. Sólo habrá un endurecimiento en las negociaciones y en las exigencias de la Secretaría del Tesoro, frente a la inconsistencia discursiva del Gobierno respecto a su agenda exterior.
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