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jueves, 1 de septiembre de 2022

Horacio vs Patricia vs Mauricio, la carrera insensata que aceleró Cristina

El piquete kirchnerista en Recoleta desató la batalla por la candidatura presidencial en Juntos por el Cambio. Los riesgos para la oposición que genera el conflicto entre Larreta, Bullrich y Macri

Por Fernando González



El Mundial de Qatar se aceleró tres meses. Todos los candidatos con aspiraciones presidenciales pensaban que la campaña comenzaría después del dardo tranquilizante que el máximo torneo del fútbol pondría sobre la Argentina desde el 18 de noviembre. Bad information. Una de las consecuencias más inesperadas del circo de vanidades que Cristina Kirchner contrató en la vereda de su departamento de La Recoleta fue el disparo de largada para la batalla interna de Juntos por el Cambio.

Desde la noche del sábado, después de la performance kirchnerista del micro 17 de octubre, ya se sabe que la Vicepresidenta está dispuesta a desatar una guerra por la furia que le provoca la casi segura condena a prisión por corrupción y fraude al Estado que le dictará la Justicia en la causa Vialidad.

Se empieza a dilucidar también que, ante el default político del peronismo, Cristina empieza a jugar con la fantasía de una nueva candidatura presidencial para el año próximo. El martes, en el Senado, fue el legislador José Mayans el que invitó a sus compañeros de bancada a hacer otra apuesta con la Vice en el papel protagónico. Y el hombre sabe de monarquías. Viene de Formosa, donde el gobernador peronista, Gildo Insfrán, lleva gobernando 35 años. Y siempre con la pobreza como estandarte.

El otro posible candidato presidencial del Frente de Todos es Sergio Massa, embarcado ahora en sacar a flote la economía que destrozaron Alberto Fernández y Cristina. El problema para el ministro es la Vicepresidenta. La investigación del fiscal Diego Luciani y su pedido de doce años de prisión efectiva le ponen a cualquier postulante oficialista una barrera infranqueable.

Massa tendrá la semana próxima una muestra palpable del condicionamiento que significa Cristina. Llegará a EEUU para dar explicaciones sobre la inflación, sobre la falta de dólares en el Banco Central, sobre el compromiso con el FMI para reducir el déficit fiscal y sobre el verdadero margen de acción que le deja la Vicepresidenta. No será una tarea fácil en Washington ni en Houston, adonde se reunirá con empresarios petroleros.

En el Departamento de Estado están cansados de las promesas del Gobierno, que luego desactiva CFK para demostrarles quien está al frente de la administración. Una muestra de ese hartazgo es la suspensión de la cumbre entre Alberto Fernández y Joe Biden, que había solicitado la Argentina. No va a poder ser.

Habrá muchas explicaciones diplomáticas, pero la verdadera es que el presidente de EEUU no quiere desperdiciar el tiempo con un mandatario que ya no gobierna. El premio consuelo sería algún encuentro de ocasión en los pasillos de la Asamblea General de las Naciones Unidas. No llores por mi Argentina.

Los muertos y la política

Con el Gobierno en estado de coma, la tensión se trasladó increíblemente a la coalición opositora. El primer chispazo lo había encendido Facundo Manes, al no acompañar el pedido de juicio político de Juntos por el Cambio contra el presidente Alberto Fernández, quien amenazó al fiscal Luciani al comparar su situación con la del fiscal Alberto Nisman, cuya muerte violenta dos días antes de denunciar a Cristina en el Congreso se investiga como un asesinato. Toda una parábola moral para el abogado hijo de juez que, hace ocho años, había participado de la multitudinaria marcha reclamando justicia para el fiscal.

El neurocientífico, ahora diputado nacional con ambiciones presidenciales, no eligió el mejor momento para diferenciarse de sus adversarios internos. Manes jamás advirtió la aceleración que estaba tomando la batalla con el kirchnerismo. Y cometió la imprudencia de enfrentarse con soldados de su propio ejército justo cuando el kirchnerismo acababa de declararles la guerra.

Claro que el escándalo y los camiones hidrantes en la puerta del departamento de lujo de Cristina sepultaron el episodio Manes en la memoria breve de la argentinidad. La decisión de Horacio Rodríguez Larreta de vallar las calles de la zona para restablecer la circulación, limpiar las veredas y reabrir los comercios fue una buena intención que no se reflejó después en los resultados.

El jefe de Gobierno porteño intentó hacer equilibrio entre los votantes propios, que reclamaban extrema dureza, y muchos de sus dirigentes que le pedían moderación. La negociación fallida con el kirchnerismo y su breve conferencia de prensa con el país en llamas lo mostraron más preocupado que ejecutivo.

No es fácil gobernar una ciudad bajo la extorsión permanente del Gobierno y cuyas calles el kirchnerismo utiliza como campo de entrenamiento de sus activistas rentados. Pero Rodríguez Larreta deberá encontrar rápido ese punto de equilibrio entre la sensatez y la debilidad. No lo ayudó que, además de la artillería que le disparaban desde La Cámpora, la primera en criticarlo desde Juntos por el Cambio fuera justamente Patricia Bullrich.

La ex ministra de Seguridad es buena polemista y lo sabe. Como Manes una semana antes, atacó a Rodríguez Larreta desde un estudio de TV mientras el alcalde intentaba encontrarle una solución al desafío callejero de la ex presidenta. El larretismo, si se puede hablar de una corriente semejante, literalmente estalló. Los audios de WhatsApp ardían en la noche larga del domingo pidiendo, entre otros excesos, la expulsión de Bullrich del PRO.

Las cosas no mejoraron el lunes. Horacio tuvo en esas horas el respaldo de Elisa Carrió, de Martín Lousteau, de María Eugenia Vidal, pero nada pudo calmarle el enojo que le produjeron las palabras de Bullrich. Ambos se encontraron el martes, durante el almuerzo quincenal del PRO en un restaurante, y los reproches fueron durísimos, como bien los describió en un artículo de Infobae Ricardo Carpena. La cosa fue sin gritos, pero con saña.

-Yo gobierno, no puedo seguir la locura del kirchnerismo y un muerto nos pondría en una situación incontrolable, fue el argumento más poderoso de Rodríguez Larreta.

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