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domingo, 17 de abril de 2022

Con la guerra contra la inflación ya perdida, ahora el objetivo es evitar su aceleración

En el actual contexto político y macroeconómico, pensar en una baja de los precios parece una fantasía propia del realismo mágico latinoamericano

Por Enrique Szewach


Como comentaba desde esta columna el miércoles pasado, la pregunta económica central, en este momento de la Argentina, es si la tasa de inflación del mes de marzo será, efectivamente, la máxima del 2022 o, por el contrario, estamos ya entrando en un peligroso sendero de aceleración inflacionaria que sólo frena contra la pared de una supertasa de inflación.

Nótese que, en la propia pregunta, queda totalmente descartada la probabilidad de un plan de estabilización que logre sacar a la inflación de la primera plana de las noticias o, por lo menos, devolverla al valor del 20 y pico por ciento anual del régimen inflacionario vigente antes de la crisis cambiaria del 2018.

La imposibilidad de instrumentar un verdadero plan de estabilización en los próximos meses deriva de varias condiciones del entorno: económicas y políticas.

Desde la economía, el principal problema macroeconómico es el “sobrante” de pesos y el “faltante” de dólares en el Banco Central.

Para resolver este problema haría falta un cambio drástico en la política fiscal y monetaria y en las reglas de juego que hoy impiden que a la Argentina entren, por el circuito oficial, dólares provenientes de la inversión de argentinos y extranjeros.

El segundo problema económico, es que, por la situación internacional y las condiciones locales, resulta difícil imaginar un shock de exportaciones que pudiera compensar la falta de dólares provenientes de la inversión.

En otras palabras, el desequilibrio entre pesos y dólares, que se refleja en el balance del Banco Central, exige un cambio drástico en el régimen fiscal, monetario y cambiario que no está disponible y necesita, además, que los precios relativos entre nuestros productos de exportación y nuestros productos de importación sean mejores que los actuales, o que las cantidades producidas de bienes exportables “vuelen”. Ninguna de estas cosas va a pasar en los próximos meses.

Y, como no me canso de decirle, “sin dólares no hay paraíso”.

El otro problema económico, subyacente en los anteriores, es que se ha gestado, en los últimos años, un escenario de inflación “postergada” derivado del uso del atraso del tipo de cambio y de la falta de actualización de los precios de los servicios públicos, y de algunos servicios privados, como ancla nominal.

En resumen, la economía argentina presenta desequilibrio acumulado en la macro monetaria y fiscal, sin “milagro” exportador, y con inflación reprimida que necesita realinear los precios relativos internos.

En este contexto, pensar en una inflación baja parece más una fantasía propia del realismo mágico latinoamericano.

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